*Si viene buscando chistes, le erró, pero ya que está peguele una leidita si no le molesta.
¿Cual es la razón de la vida? ¿Cual es el sentido de nuestro paso por este mundo? Ni idea. Seguramente usted, rotundo lector, tampoco lo sabe. Seguramente tampoco le importa realmente, más allá de que a veces lo piense un rato hasta que descubre que están dando Los Simpsons. Como todo en la vida, existe un dicho o una costumbre popular que sirve de parche para tapar esa duda. Eso si molesta el huequito en el pantalón, claro.
- Tener un hijo
- Escribir un libro
- Plantar un árbol
Siempre pensé que era simplemente la planificación de alguien con poca imaginación y sin televisión o banda ancha para un fin de semana.
Para ser los requisitos mínimos para considerar tu vida realizada, son bastante egoístas. Y bajo esa premisa fue que encontré una conexión entre los tres ítems. El miedo a la soledad y a ser ignorados es indiscutible con el furor enfermizo de las redes sociales, pero no significa que sea cosa de ahora. Simplemente hoy vivimos con las manos en la masa y como sabemos que estamos todos iguales, no nos importa.
La razón de ser de ese tridente es el simple hecho de dejar cosas que nos recuerden en este mundo después de nuestra partida, abarcando diversos ámbitos o medios de difusión. Lo que se conoce como poner los huevos en distintas canastas. Las tres apuestas son dejar recuerdos en el corazón de las personas, en sus mentes y en la propia tierra que transitamos durante la vida. Solo esperemos que de alguna de las tres maneras seamos bien recordados, o al menos recordados como cada uno prefiera.
Tener un hijo deja huella en el corazón de esa persona, pero no solo de manera sentimental, sino literalmente en su corazón y su sangre. Es un poco dictatorial, ya que no permitimos que nuestra descendencia se libere de ese legado si así lo deseara, e imponemos que la única manera de eliminarlo sea renunciar a la descendencia de nuestros retoños. Pero gracias a nuestro deseo de trascender, están vivos, así que supongo que es un precio bajo a pagar.
Escribir un libro es la segunda apuesta. Si por alguna circunstancia no se puede dejar sangre, se dejan ideas. Se dejan pensamientos, historias, o textos como éste. Siendo fríos y calculadores también es un seguro ante la posibilidad que nuestros predecesores no quieran o no puedan continuar nuestro legado. Es una apuesta más elegante digamos, o más diplomática ya que no se condiciona la existencia de nadie, pero también es más complejo que funcione porque además de una necesidad de permanecer, hace falta una mínima habilidad al escribir, cosa que entreno en este momento, mi estimado y utilizado lector.
Por último está la posibilidad de trascender dejando otro ser vivo que no tenga relación genética con nosotros, plantar un arbol. Uno bien cuidado y estratégicamente plantado puede vivir siglos y dejar descendencia también legendaria, pero es muy complicado lograr ser identificado con ese tronco. El árbol podría incluso ser conmemorado por su longevidad, más nadie tener idea de que alguien lo plantó a propósito.
Resumiendo, son tres inversiones con distintos riesgos.
No cabe duda que criar un hijo que se convierta en adulto y pueda sobrevivir a la vorágine social es lo más difícil, pero también, salvo que seamos pésimos padres, nuestra trascendencia está casi asegurada.
En un punto intermedio, está el libro. Más simple que el anterior pero de dudosos resultados, ya que si cotejamos los escritores famosos medianamente universales con todos los que han escrito buscando un resultado decente, vemos lo riesgoso de esta inversión.
Plantar un árbol es como jugar la quiniela, no requiere mucha inversión, pero si queremos resultados y no tenemos una suerte sobrehumana, hace falta muchísimo esfuerzo.
Al día de hoy preparo mis apuestas, una junto a la mujer con quien quiero ser recordado, otra con unos cactus en el balcón y la restante con estas líneas que agradezco que se tomara el tiempo de leer.