lunes, 23 de mayo de 2016

Pequeña historia de pequeñas cosas.

Una buena tarde, creo, caminando por la calle Estrada algo le llamó la atención, una ausencia lo alertó. Miró hacia la izquierda y vió la panadería Del Pilar apagada, cerrada. Siguió camino sin darle mucha importancia.
Volviendo a casa por la misma calle pero por vereda opuesta pasó exactamente frente a la panadería, suficientemente cerca como para ver el cartel de CLAUSURA PREVENTIVA. Hace años que no compraba ahí, no tenía ni idea que tan rico o crudo sería lo que hacen, no conoce a nadie que trabaje ahí. Sin embargo le impactó bastante porque ese lugar, que abría normalmente 24hs, antaño sirvió de repostaje de criollitos en las trasnoches con un amigo que vivía cerca. La panadería no era especial para nada, pero hacía las veces de anclaje de muchísimos pequeños recuerdos, risas y demás estupideces de juventud, recuerdos que no sabía que tenía guardados.
Siguió caminando hacia su casa haciendo recuento de esos pequeños momentos comunes que acababa de recuperar. Pero, ya entrando a su edificio, apareció una preocupación: si esa panadería desaparecía, ¿cual sería el anclaje de esos recuerdos?.
Cenó con cierta incomodidad y luego se acostó.

Los sueños empiezan cuando nuestro día termina, y finalizan cuando vuelve a comenzar.

Desayunó pensando en ese sueño, y en lo que significaba. Le preocupaba porque no era la primera vez. En el pasado, el cierre de una rotisería le había quitado la referencia de miles de charlas con otro amigo. Hoy pasaba por la vereda y tenía que recordar dónde estaba Salsitas, para luego recordar las charlas, y con el tiempo recordaba menos, las más trascendentes, si, pero aquellas que se habían perdido también eran suyas.
Una ser humano está formada células, una persona está formada de momentos. Esos recuerdos nos enseñan a ser felices, a tener miedo, a ser cuidadosos o arriesgados. Pero así como un cuerpo necesita sus órganos, también necesita tener piel, pelos, uñas. Estas cosas que en apariencia serían prescindibles están por una razón y no suelen tener valor hasta que nos hacen falta.

A media mañana buscó una excusa muy mala y salió caminando. Las tres cuadras que caminó fueron raras, hasta que vió el resplandor de la panadería. Llegó en frente, la miró un poco y se volvió a casa. Sabía que no volvería a reírse con esos recuerdos por un buen tiempo, pero al mismo tiempo sabía que aún estaban ahí y seguirán estando.
Fue como enterrar un tesoro, no podría gastar ese oro, pero enterrado donde estaba nadie podía tocarlo y esa panadería seguiría siendo la llave del cofre.