Se cuenta que en Salta, antes de que la mano del hombre
obligara a cuidar los cardones con alambrados y una ley, estas plantas crecían
por doquier y la vegetación era mucho más verde que hoy. Cuando los primeros
hombres descubrieron esas planicies llenas de arboles sin hoja en sus viajes de
verano, se sorprendieron de uno, que no era más grande ni más chico, pero
estaba solo, a su alrededor no crecía nada, ningún yuyo se aventuraba bajo su
sombra. Los curiosos que se acercaron descubrieron que aquel cardón goteaba
agua, sin necesidad de agujerearlo. Lo llamaron el llorón.
Poco duró la alegría por la fuente de agua cuando por las
noches los asentamientos recibían la visita de mandinga, que sin necesidad de
farol se llevaba a hombres, mujeres y niños. Las lágrimas del llorón pasaron a
ser las lágrimas de mandinga y todos lo esquivaban. Se tejieron mil y unas historias que
explicaban como el circulo desierto a su alrededor era prueba de su maldad.
Un invierno de 1615, un explorador europeo cayó en la
planicie donde mandinga sollozaba sin saberlo. Como venia mejor preparado y el
clima ayudaba, se detuvo a ver el paisaje antes que a usarlo. Vio al llorón y
por primera vez en cuatro generaciones, alguien pisó el halo estéril que lo
rodeaba. EL académico notó que tenía unas pequeñas flores blancas, como calas,
de las que caía un rocío. En realidad, ese cardón era único. EL explorador no
bebió de él, pero hizo lo que nadie, tomó una muestra, lo corto, lo agujereó,
lo mutiló y siguió su camino sin mirar atrás.
Al siguiente verano, las tribus que pasaban vieron como el
bosque de cardón amainaba, parecía que el halo de muerte del llorón se había
extendido y mataba todo a su paso, pero lo extraño es que ya no había lágrimas,
sino un tronco seco.
Aquella planta que tanto maldijeron era el guardián y
cuidador de esa pampa.
Hoy en día en ese lugar no hay nada, nada vive, la pacha
mama fue expulsada por el azufre que reina y estrangula cualquier intento de
vida. Los pobladores cuentan de que sus abuelos le contaron que antes de la
llegada de los hombres lanzas que escupían fuego ahí existía un cardón cuyas
raíces cubrían toda la zona como una telaraña y absorbían los ácidos que se
formaban cuando llovía por lo que sus flores lloraban para aliviar su dolor. Era
tan venenoso que no podía reproducirse, ya que quemaba a sus propias semillas y
era tan viejo que no recordaba de donde venía.
Cuando el llorón murió, el azufre se esparció y eliminó toda
vida de esa pampa. Se cree que contenía el veneno es su interior tanto como
podía, como una cobra contiene el suyo, pero al cortarlo, el veneno se esparció
demasiado y no pudo sobrevivir.
Fue un silencioso e incomprendido héroe, nunca pidió nada a
cambio, aceptó estar solo para que los demás pudiesen vivir juntos. Era un ser frágil
que dedicó su existencia a lo único para lo que fue útil, pero por ser
especial, se lo consideró extraño, esa fue su desgracia.