sábado, 1 de agosto de 2015

Sol Azul

El cielo se oscurecía a raíz de las cenizas. Era difícil ver a mas de cinco metros de uno, más aún con la complicación de tener un casco  que protegía tanto como limitaba su visión.
A pesar de la espesa atmósfera que apenas dejaba respirar pudo ver una luz púrpura que parecía palpitar al tiempo que crecía. No era la primera vez que veía ese resplandor y no era la primera vez que sentía como el pecho se le encogía de angustia.
La fuente de esa luz no era otra que Ninie, la poderosa maga al servicio del rey. La mística había jurado su lealtad al monarca y lo protegía con una fuerza tal que no podía ser sólo lealtad.
Esa luz púrpura era uno de sus conjuros mas poderosos y mas difíciles, ya que solo puede lograrse cuando se desea proteger a alguien. No es un escudo, todo lo contrario, es un ataque feroz, ciego, casi despiadado. Se dice que proyecta las ansias de proteger a alguien y condensa la energía al punto de generar un proyectil sólido que al impactar genera un daño casi imparable. Pocas cosas podían resistirlo, y la mayoría, a pesar de resistirlo, no podían evitar quedar gravemente dañados.
Mientras él luchaba contra los esbirros con su pesada armadura, lanza y escudo, no podía dejar de observarla, a pesar de que ella tenia la fuerza suficiente para valerse por si misma. De pronto otra luz se empezó a iluminar el campo de batalla. Provenía de lo que había logrado tapar el sol con ceniza que generada desde sus interiores. Galrog, ultimo dragón descendiente de Ancalagon, se erguía por sobre todos y era claro que en su interior se estaba gestando un Sol Azul, una bola de fuego color cielo debido a su extrema temperatura que podía derretir cualquier muralla.
Pocas cosas podían soportar el proyectil que preparaba Ninie, solo dos podían detenerlo. Un Sol Azul podía hacerlo, aunque la energía liberada por la colisión era materia de leyendas. Pero eso no importó cuando cayo en la cuenta de que el mito sucedería a escasos metros de él.
Corrió como si estuviera desnudo, sus huesos crujían ante el esfuerzo de sostener el peso de su armadura y hacerla saltar sobre los cadáveres. Él sabía que si las leyendas eran ciertas, no podría soportar el impacto del Misil Púrpura con el Sol Azul, pero que si era solo el ataque del dragón, su escudo tendría una oportunidad, solo esperaba que Ninie lo supiera.
Llegó y se colocó frente a la maga, la miró por dentro de su casco y con la mano le hizo una seña para que esperara a después del impacto del orbe que engendraba Galrog para lanzar su ataque, al tiempo que clavaba su lanza en el suelo para usarla de anclaje. Cuando el ser abisal abrió sus fauces, la estrella palideció ante el brillo de ese astro momentáneo. Él solo se aferró y preparó su cuerpo para lo que podía ser su ultima defensa. Sin embargo se tomó un momento para girar a ver de nuevo a esa dama de túnica rosa oscuro para guiñarle el ojo en señal de que todo iba a estar bien. Luego cerró los ojos para que esa fuera la imagen que lo acompañara al otro mundo y esperó el impacto.
La presión fue inmensa, pero mas aún lo fue el calor.

Lo siguiente que vio fue la toalla húmeda que tenia sobre los ojos en la enfermería. Cuando pudo hablar pidió que le contaran que había pasado.
Galrog fue perforado por el misil y había caído. Ninie estaba perfectamente gracias a que él había cubierto la envestida del Sol Azul. También le contaron que su armadura tuvo que ser cortada en varias partes porque se derritió y formó una sola pieza. Cuando la batalla terminó, lo encontraron ahí, desmayado dentro de su armadura sosteniendo lo que había quedado de su escudo, concebido para detener el aliento de un dragón.

Ninie lo fue a ver y le agradeció por ayudarla a proteger al rey, sin saber que a él poco le importaba ese muchacho mimado. Quizás la maga nunca generase un Misil Púrpura por él, pero eso no importaba, él era un escudo, solo podía proteger. Su deber era recibir el daño dirigido a sus seres queridos. Nunca daría un golpe final, nunca sería un héroe, siempre seria una sombra, siempre sería entorno en los cuadros de grandes batallas, pero no importaba, porque él era un protector.

Se levantó, se calzó su nueva armadura y salió una vez más a cumplir su juramento con una sonrisa.

jueves, 23 de julio de 2015

Instantanea de "Elige tu Juego" de Juan Gimenez. Si con eso no se define la calidad de una trompada nada lo hará...


 Y uno tratando de escribir algo digno de leerse y de pronto aparece esto que sube la vara aún mas.


Crimenes Imperfectos - Alain Demouzou

domingo, 19 de julio de 2015

Guardianes de la Atlántida

Él estaba camiando en el monte buscando lo que le habían robado. No podía entender como pudo pasar pero el trabajo de su vida se había desvanecido mientras el dormía.

Habían pasado ya unos meses del hecho. El venía en un barco desde la polinesia y junto transportaba una caja que suponía tenía las respuestas que busco toda su vida: la ubicación de la Atlántida. Pero una noche durante el viaje, sin que nadie se diera cuenta, alguien se la llevó. No sabía como ni cuando ni quien pero sabia que tenia que recuperarlo.

Sin embargo sus búsquedas fueron infructuosas a pesar de que revisó todas las pistas e indicios que pudo. No había rastros tampoco en el mercado negro, simplemente desapareció. Se lamentaba no haber podido revisar siquiera el contenido ya que por miedo y precaución prefirió estudiar bien el contenedor en un lugar apropiado, después de todo esperó mucho por eso y supuso que podía esperar unos días mas. Grave error.

Al tiempo, ya resignado a la perdida, volvió sólo al lugar de donde había sacado la caja en búsqueda de algún dato que no hubiese visto antes. Y ahí estaba, en el último lugar que pensó buscar, y donde realmente jamás busco. La caja cerrada e intacta estaba ahí. Quien la llevo será un misterio. Pero él creyó entender la razón, era una segunda oportunidad de hacer lo correcto y que quizá no se la robaron sino que la recuperaron de él, que sí se la robo de su lugar de resguardo.

La Atlántida no estaba perdida, estaba escondida y no quería ser encontrada. ¿Porque? Otro misterio tan grande como la ciudad de la leyenda. Su legado es su mito. Quien devolvió la caja, sabia donde estuvo siempre y decidió resguardar todo como siempre estuvo y como no debió dejar de estarlo.

Como no tiene sentido buscar algo que no no quiere ser encontrado, dio media vuelta y se fué. Con él se llevó la ubicación y el secreto de ese lugar. Pensó en esconder en otro lado la caja, pero entendió que no tenía derecho.

Mató su propio sueño para no asesinar sus convicciones y las de los guardianes de la Atlántida.

Por la mañana despertó con una paz que no recordaba haber tenido nunca, sonrió y se levantó a desayunar.

domingo, 28 de junio de 2015

Siesta en el octágono

Él suele tener sueños raros. Una vez incluso el mundo se partió. Pero esta vez nadie muere, por lo menos nadie que reconozca.
La escena no es muy especial pero si te cuento que era la quinta vez que aparecía entonces cobra relevancia la cosa.
Una jaula de artes marciales mixtas. Dentro de la misma, dos personas más o menos similares. Estaba muy oscuro como para decir algo más que eso.
Realmente se golpeaban con todo lo que tenían, valía literalmente todo. Cada vez que lo soñaba la pelea duraba más. La tercera noche uno se dio la cabeza contra el alambrado y su ojo empezó a derramar algo que imaginó, sería sangre. En la cuarta, tras una mala caída y una buena llave, él descubre que un codo puede girar en nuevas direcciones.
Aunque cada noche el duelo duraba más, siempre era otra pelea. No era la continuación. Con el tiempo se empezó a preguntar qué pasaba con las peleas inconclusas. Después de todo era el único espectador. Luego de una semana empezó a notar que cada vez había un poco más de claridad y podía ver algunos detalles.
Uno de los contendientes tenía pantalones azules mientras el otro los tenía rojo.
Es muy raro ser consciente de lo que pasa en un sueño y más aún serlo repetidamente. Él decido aprovechar y disfrutar este espectáculo exclusivo, cortesía de su mente. De más no estaba relajarse y descansar a la vez, ya que andaba loco por encontrarle rumbo a su vida.
Empezó a prestar atención a los detalles de cada peleador para ver que bando elegir.
El de rojo era agresivo, pero un tanto inconsistente, parecía intuitivo y sin estrategia. En sus gruñidos se notaba lo extasiado que estaba y sus continuos ataques denotaban que desbordaba energía. Quería ganar pero a la vez disfrutaba la batalla.
El de azul era distinto, más pausado, pero más contundente. Se notaba el daño que hacía cada ataque. Sus ataques eran quirúrgicos. Parecía más profesional y preparado, a pesar de no mostrar mucho entusiasmo en la pelea. Era como una receta para la victoria y estaba cocinando su mejor plato.
De buenas a primeras, optó por apoyar al de rojo, era más vistoso, ambicioso. Alguien que tomaba lo que quería. Aunque, no estaba claro qué era lo que quería, ganar, pelear, dejar desmayado al oponente, hacerlo sufrir, no estaba claro. Era un show verlo, eso era indiscutible.
Fue entonces cuando el de azul pareció cobrar relevancia, estaba claro que quería ganar y tenía un plan para ello, una preparación. Aunque sus movimientos carecían de gracia a pesar de su eficacia. No había pasión en su mirada pero si había que apostar la casa, parecía mas prometedor.
Una buena noche, cuando ya se había hecho aficionado a ese deporte privado con técnicas que jamás vieron ni verán otras personas reales, sucedió algo extraño. El de rojo cae cerca de donde estaba él. Entonces sus ojos, uno morado, lo enfocan y le pide ayuda. A él, al soñador, al amo y señor de ese mundo onírico. Nunca había tenido ninguna interacción con el resto del sueño y de pronto los luchadores empezaron a comunicarse con él. Nunca hacia caso a eso hasta que la octava noche el de azul le gritó:
-¿Quieres que esto siga por siempre o no es suficiente para vos todavía?.-
-¿Que tengo que ver yo?.- respondió intuitivamente.
-Esta pelea estúpida me esta hartando ya. Ya deberías haberlo pensado no?.- replicó el cocinero del octágono.
-Realmente esto no está tan mal, pero incluso yo me estoy quedando sin motivación.- Habló el de rojo.
En este punto él no entendía qué estaba pasando y de pronto despertó. Estaba confuso y preocupado, pero no sabía bien porque. Así como tampoco recordaba porque estaba durmiendo en el sillón.
Se levantó, se estiró, sintió esa horrible sensación que muchos llaman hormigueo por la mitad de los músculos de su cuerpo, rezongó, fue al baño y se lavó la cara.
Al mirarse en el espejo, con la cara tatuada con los pliegues del sillón, entendió que tenía que decidir entre seguir encarando cada curva sin mirar y tentar a la suerte para llegar a la meta cuanto antes, o parar un poco, frenar en la banquina y observar la ruta, para tener un viaje con menos roturas, cuidando la máquina.
Esa noche, el boxeador de azul y él salieron a entrenar. La pelea había terminado.

martes, 16 de junio de 2015

3:06 A.M.



Él le contaba el final de una historia inventada a su hijita, tenía 3 añitos y era una de tantas noches que esperaba a que sus ojos se cerraban ya que solo ahí sentía que el Sol se ponía, que su día terminaba. A sus espaldas roncaba su otro retoño, más crecido, que se había dormido antes porque había llegado cansado después del jardín.

Con el deber cumplido se levanta, sale de la pieza, deja la puerta entreabierta, la luz del pasillo prendida y se dirige al baño antes de irse a dormir. En la cama lo esperaba durmiendo su esposa, la culpable junto con sus hijos de su sueño corto. Ya que cuando se casó se hizo una promesa a sí mismo: no quería arrepentirse de no admirar la serenidad de su gran amor durmiendo ni la ternura de su despertar. La promesa creció con cada nacimiento aunque a veces se lamentaba cuando debía salir más temprano que ella y no podía verla despertar. 

Camino al baño siente que se tambalea, piensa que es el sueño, el cansancio, se sujeta de una puerta. Pero siente una oscilación aún mayor. Al final del pasillo, ya en su habitación, desde la puerta se veía una cómoda y observó con estrépito como el soporte de los collares de su esposa se empieza a mover.
Evaluó la situación y pensó mejor ir a ver a sus hijos, porque no parecía un temblor fuerte. Al darse vuelta sintió un frío a sus espaldas y seguido a eso un estruendo. Volteó para ver como la cama con su compañera en la vida se hundía en la tierra partida. Corrió a socorrerla pero la tierra abrió un hueco que sabía que no podía saltar y al levantar la mirada del abismo, el techo de su habitación sellaba lo que parecía una tumba de concreto para su amada. 

Sus ojos parecían querer escapar, querer explotar, cualquier cosa hubiera sido mejor que ver eso.
Pero de pronto siente un golpe en el pecho, como un empujón que lo hace entrar en razón. Sus hijos.
En la habitación no parecía haber sucedido nada, pero igual grita ¡Benjamín! ¡Benjamín! buscando que su hijo se despierte mientras se apresura a cargar a Cloe. 

Los toma a ambos en brazos cuando siente que el pasillo empieza a desaparecer. La ventana está enrejada. La única salida se viene desmoronando en dirección a ellos, deja a sus retoños dentro del ropero y comienza a golpear y a hacer palanca con todo lo que encuentra para abrir un poco, al menos, las rejas.

Todo cruje, todo se empieza a retorcer, el piso se deforma, sus hijos lloran, gritan, tienen miedo. Él no puede hacer nada. La impotencia lo embarga cuando ve lo peor que podía pasar, si bien su miedo era el techo, ahora es la pared sobre la que se apoya el ropero. Cede y se precipita sobre su sangre, su descendencia. 

Alcanza a sacar a la pequeña Cloe mientras ve horrorizado como las maderas cubren a su hijo mayor, aquel al que le estaba enseñando a andar en bici para poder, poco después, subirlo a una motito. 

Se aleja contra la ventana pero el piso le juega una mala pasada y cae. Ahora en lugar de abrirse una grieta, lo único que queda es un cordón, de un lado, colgaba él, y del otro su hijita, a la que tenía tomada de la mano con tanta fuerza que temía lastimarla. Buscaba de dónde agarrarse para trepar, pero en ese instante uno de los últimos pedazos grandes de techo que quedaba en pie, cae. Directamente sobre su manos. La carne y el hueso ceden como si estuvieran aplastando pan. Se oye el fino y desesperado grito de su hija perderse en la profundidad. 

Lo que queda de su brazo se desprende y cae un par de metros a un saliente. El sonido se detiene, todo termino. Fallo, perdió todo. Uno por uno.

Mira hacia abajo del saliente y la Luna, clara como nunca, no llega a iluminar un final.
Rueda sobre su incompleto brazo que ya no tiene a quien abrazar.

Al llegar el final de la grieta, el golpe lo despierta. Transpira. Está agitado. Mira y son las 3:06 A.M. del miércoles. Desde el sábado sabe poco y nada de su novia a causa de una discusión.

Entiende que el futuro que tanto soñó se está desmoronando, que está a punto de perder todo antes de tenerlo y aunque el terror se apodera de sus pensamientos al recordar las pérdidas, su corazón late al ritmo de la respiración de esos niñitos que todavía no nacieron.

No se puede defender lo que no se tiene y en ese futuro no tendrá noches tranquilas por muchos años, también entiende que no le importa y que, no solo lo vale, sino que contraerá una deuda que le demandará una vida pagar.

Toma su teléfono y la llama. Se demora en atender, está dormida.
-¿Qué querés?- Responde una voz ronca.
-Decirte que te amo- Contesta.
Ella sonríe.

martes, 3 de marzo de 2015

Julio A. Roca y el pueblo fertilizado.

Con el trabajo terminado
Roca picó para otro pago.
Con el trabajo de los chinos,
sus bolsillos había llenado.

Largo tranco llevaba
ya que el bochin no arrimaba.
Pero trabajo lo espera
en la actual triple frontera.

El lobizon alzado
es bicho de cuidado,
pero este caso era raro
ya que decían que era petaco.

Enanos hay muchos
pero raros eran los lobitos.
Mas no le importaba
mientras le diesen la tarasca.

Un aristócrata lo recibió,
llegado del viejo mundo
que días atrás percibió
la presencia de un ser inmundo.

En europa es el hombre lobo
el parecido es de cajón.
Y Roca era el mejor,
cazador de lobizon.

Cuando nuestro héroe preguntó
mala espina sintió.
Parecía cosa de roedor
y no maña de aullador.

Recorriendo el pueblo
muchas panzas cuna divisó.
"Cuanto hombre cumplidor"
pensó para su interior.

Charlando con fulano
y mateando con mengano,
encontró algo raro
las panzas estaban para verano.

Los locales no creían en el lobizon
mas si en un bicho petacon.
amante del tabaco y el licor
al que solo llamaban silbador.

Su nombre estaba prohibido
pero su andar era bien conocido.
Cuidaba los rebaños
a cambio de algunos regalos.

Sin lobizon no hay trabajo
por lo que Roca partió.
Aunque la curiosidad lo freno
y algo en el camino descubrió.

La preñez llegó en malón
junto con el lobizón.
Recordó entonces una leyenda
de un ser al que le cuelga.

Se dice que durante las siestas
se divierte dejando sorpresas
en aquellas mujeres ajenas
que abandonan sus tareas.

Siempre dudó de su existencia,
ya que su nombre algo escondía,
era casi una picardía,
pero como excusa persistía.

Rimaba con sodero
rimaba con bombero
rimaba con carnicero
su nombre era Pombero.

Realidad o coincidencia
los críos venian como hacienda.
Pero mientras a casa volvía
en el viento un silbido se oía.

Continuará...

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