Él le contaba el final de una historia inventada a su
hijita, tenía 3 añitos y era una de tantas noches que esperaba a que sus ojos
se cerraban ya que solo ahí sentía que el Sol se ponía, que su día terminaba. A
sus espaldas roncaba su otro retoño, más crecido, que se había dormido antes
porque había llegado cansado después del jardín.
Con el deber cumplido se levanta, sale de la pieza, deja la
puerta entreabierta, la luz del pasillo prendida y se dirige al baño antes de
irse a dormir. En la cama lo esperaba durmiendo su esposa, la culpable junto
con sus hijos de su sueño corto. Ya que cuando se casó se hizo una promesa a sí
mismo: no quería arrepentirse de no admirar la serenidad de su gran amor
durmiendo ni la ternura de su despertar. La promesa creció con cada nacimiento
aunque a veces se lamentaba cuando debía salir más temprano que ella y no podía
verla despertar.
Camino al baño siente que se tambalea, piensa que es el
sueño, el cansancio, se sujeta de una puerta. Pero siente una oscilación aún
mayor. Al final del pasillo, ya en su habitación, desde la puerta se veía una
cómoda y observó con estrépito como el soporte de los collares de su esposa se
empieza a mover.
Evaluó la situación y pensó mejor ir a ver a sus hijos,
porque no parecía un temblor fuerte. Al darse vuelta sintió un frío a sus
espaldas y seguido a eso un estruendo. Volteó para ver como la cama con su
compañera en la vida se hundía en la tierra partida. Corrió a socorrerla pero
la tierra abrió un hueco que sabía que no podía saltar y al levantar la mirada
del abismo, el techo de su habitación sellaba lo que parecía una tumba de
concreto para su amada.
Sus ojos parecían querer escapar, querer explotar, cualquier
cosa hubiera sido mejor que ver eso.
Pero de pronto siente un golpe en el pecho, como un empujón
que lo hace entrar en razón. Sus hijos.
En la habitación no parecía haber sucedido nada, pero igual
grita ¡Benjamín! ¡Benjamín! buscando que su hijo se despierte mientras se
apresura a cargar a Cloe.
Los toma a ambos en brazos cuando siente que el pasillo
empieza a desaparecer. La ventana está enrejada. La única salida se viene
desmoronando en dirección a ellos, deja a sus retoños dentro del ropero y
comienza a golpear y a hacer palanca con todo lo que encuentra para abrir un
poco, al menos, las rejas.
Todo cruje, todo se empieza a retorcer, el piso se deforma,
sus hijos lloran, gritan, tienen miedo. Él no puede hacer nada. La impotencia
lo embarga cuando ve lo peor que podía pasar, si bien su miedo era el techo,
ahora es la pared sobre la que se apoya el ropero. Cede y se precipita
sobre su sangre, su descendencia.
Alcanza a sacar a la pequeña Cloe mientras ve horrorizado
como las maderas cubren a su hijo mayor, aquel al que le estaba enseñando a
andar en bici para poder, poco después, subirlo a una motito.
Se aleja contra la ventana pero el piso le juega una mala
pasada y cae. Ahora en lugar de abrirse una grieta, lo único que queda es un
cordón, de un lado, colgaba él, y del otro su hijita, a la que tenía tomada de
la mano con tanta fuerza que temía lastimarla. Buscaba de dónde agarrarse para trepar, pero en ese instante
uno de los últimos pedazos grandes de techo que quedaba en pie, cae. Directamente
sobre su manos. La carne y el hueso ceden como si estuvieran aplastando pan. Se
oye el fino y desesperado grito de su hija perderse en la profundidad.
Lo que queda de su brazo se desprende y cae un par de metros
a un saliente. El sonido se detiene, todo termino. Fallo, perdió todo. Uno por
uno.
Mira hacia abajo del saliente y la Luna, clara como nunca,
no llega a iluminar un final.
Rueda sobre su incompleto brazo que ya no tiene a quien
abrazar.
Al llegar el final de la grieta, el golpe lo despierta.
Transpira. Está agitado. Mira y son las 3:06 A.M. del miércoles. Desde el sábado sabe
poco y nada de su novia a causa de una discusión.
Entiende que el futuro que tanto soñó se está desmoronando,
que está a punto de perder todo antes de tenerlo y aunque el terror se apodera
de sus pensamientos al recordar las pérdidas, su corazón late al ritmo de la
respiración de esos niñitos que todavía no nacieron.
No se puede defender lo que no se tiene y en ese
futuro no tendrá noches tranquilas por muchos años, también entiende que no le
importa y que, no solo lo vale, sino que contraerá una deuda que le
demandará una vida pagar.
Toma su teléfono y la llama. Se demora en atender, está
dormida.
-¿Qué querés?- Responde una voz ronca.
-Decirte que te amo- Contesta.
Ella sonríe.
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