domingo, 28 de junio de 2015

Siesta en el octágono

Él suele tener sueños raros. Una vez incluso el mundo se partió. Pero esta vez nadie muere, por lo menos nadie que reconozca.
La escena no es muy especial pero si te cuento que era la quinta vez que aparecía entonces cobra relevancia la cosa.
Una jaula de artes marciales mixtas. Dentro de la misma, dos personas más o menos similares. Estaba muy oscuro como para decir algo más que eso.
Realmente se golpeaban con todo lo que tenían, valía literalmente todo. Cada vez que lo soñaba la pelea duraba más. La tercera noche uno se dio la cabeza contra el alambrado y su ojo empezó a derramar algo que imaginó, sería sangre. En la cuarta, tras una mala caída y una buena llave, él descubre que un codo puede girar en nuevas direcciones.
Aunque cada noche el duelo duraba más, siempre era otra pelea. No era la continuación. Con el tiempo se empezó a preguntar qué pasaba con las peleas inconclusas. Después de todo era el único espectador. Luego de una semana empezó a notar que cada vez había un poco más de claridad y podía ver algunos detalles.
Uno de los contendientes tenía pantalones azules mientras el otro los tenía rojo.
Es muy raro ser consciente de lo que pasa en un sueño y más aún serlo repetidamente. Él decido aprovechar y disfrutar este espectáculo exclusivo, cortesía de su mente. De más no estaba relajarse y descansar a la vez, ya que andaba loco por encontrarle rumbo a su vida.
Empezó a prestar atención a los detalles de cada peleador para ver que bando elegir.
El de rojo era agresivo, pero un tanto inconsistente, parecía intuitivo y sin estrategia. En sus gruñidos se notaba lo extasiado que estaba y sus continuos ataques denotaban que desbordaba energía. Quería ganar pero a la vez disfrutaba la batalla.
El de azul era distinto, más pausado, pero más contundente. Se notaba el daño que hacía cada ataque. Sus ataques eran quirúrgicos. Parecía más profesional y preparado, a pesar de no mostrar mucho entusiasmo en la pelea. Era como una receta para la victoria y estaba cocinando su mejor plato.
De buenas a primeras, optó por apoyar al de rojo, era más vistoso, ambicioso. Alguien que tomaba lo que quería. Aunque, no estaba claro qué era lo que quería, ganar, pelear, dejar desmayado al oponente, hacerlo sufrir, no estaba claro. Era un show verlo, eso era indiscutible.
Fue entonces cuando el de azul pareció cobrar relevancia, estaba claro que quería ganar y tenía un plan para ello, una preparación. Aunque sus movimientos carecían de gracia a pesar de su eficacia. No había pasión en su mirada pero si había que apostar la casa, parecía mas prometedor.
Una buena noche, cuando ya se había hecho aficionado a ese deporte privado con técnicas que jamás vieron ni verán otras personas reales, sucedió algo extraño. El de rojo cae cerca de donde estaba él. Entonces sus ojos, uno morado, lo enfocan y le pide ayuda. A él, al soñador, al amo y señor de ese mundo onírico. Nunca había tenido ninguna interacción con el resto del sueño y de pronto los luchadores empezaron a comunicarse con él. Nunca hacia caso a eso hasta que la octava noche el de azul le gritó:
-¿Quieres que esto siga por siempre o no es suficiente para vos todavía?.-
-¿Que tengo que ver yo?.- respondió intuitivamente.
-Esta pelea estúpida me esta hartando ya. Ya deberías haberlo pensado no?.- replicó el cocinero del octágono.
-Realmente esto no está tan mal, pero incluso yo me estoy quedando sin motivación.- Habló el de rojo.
En este punto él no entendía qué estaba pasando y de pronto despertó. Estaba confuso y preocupado, pero no sabía bien porque. Así como tampoco recordaba porque estaba durmiendo en el sillón.
Se levantó, se estiró, sintió esa horrible sensación que muchos llaman hormigueo por la mitad de los músculos de su cuerpo, rezongó, fue al baño y se lavó la cara.
Al mirarse en el espejo, con la cara tatuada con los pliegues del sillón, entendió que tenía que decidir entre seguir encarando cada curva sin mirar y tentar a la suerte para llegar a la meta cuanto antes, o parar un poco, frenar en la banquina y observar la ruta, para tener un viaje con menos roturas, cuidando la máquina.
Esa noche, el boxeador de azul y él salieron a entrenar. La pelea había terminado.

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